
Hoy ha sido uno de esos días que guardaré para siempre en el cofre de los recuerdos de mi vocación.
Primera hora de la mañana, silencio expectante en el aula y libros de lectura abiertos.
Por primera vez, uno a uno, mis pequeños de 2º de primaria han comenzado a leer en voz alta.
Al principio, los nervios temblaban en sus manitas y en sus voces casi inaudibles.
Pero entonces ha ocurrido la magia.
He visto cómo un niño, que hasta ayer solo veía manchas negras sobre papel blanco, ha comenzado a descifrar el código.
Sílaba a sílaba, con esfuerzo y emoción contenida, ha pronunciado su primera frase completa.
Sus ojos se han abierto de par en par, brillando con una chispa indescriptible de orgullo.
¡Había descubierto que las letras tienen voz!
En ese preciso instante, he comprendido la verdadera dimensión de mi labor como docente, recogiendo el trabajo de mis anteriores compañeros para disfrutar de estos momentos.
Los docentes no sólo enseñamos gramática o fonética, sino que abrimos puertas hacia mundos infinitos.
Verles dudar, respirar hondo y atreverse a volar a través de las páginas me recuerda por qué elegí este camino.
Hoy me voy a casa con el corazón lleno y la certeza más bonita del mundo: acompañarles a dar sus primeros pasos en la lectura es el mayor privilegio que nos regala cada día la escuela.

