Hace unos días que en el patio del colegio no se oye ruido. Los chicos y chicas ya comenzaron sus merecidas vacaciones, y las aulas están vacías de mochilas.
Y con la limpieza de cada año y la mudanza de cada junio, es el momento exacto de echar la vista atrás y hacer balance de lo que ha sido este viaje de 10 meses.
Ha sido un curso de aprendizaje brutal, no lo voy a negar, pero sobre todo de muchos sacrificios.
A todos (a mí también) nos ha tocado hincar los codos, madrugar cuando el cuerpo pedía cama, superar exámenes que parecían montañas y estirar las horas del día para llegar a todo.
Sé perfectamente del esfuerzo que mis alumnos y alumnas han dejado en cada pupitre, la frustración de las tardes difíciles y el valor que ha hecho falta para levantarse después de un mal día. Nadie les ha regalado nada.
Pero hoy quiero confesarles un secreto que los profesores rara vez decimos en voz alta: en este año de idas y venidas: ellos, mis alumnos y alumnas, me han salvado la vida muchas veces.
Detrás de la mesa del docente también hay días grises, dudas y cansancio; y han sido sus risas espontáneas, sus ocurrencias en mitad de una clase aburrida, sus debates apasionados y ese «gracias, profe» al irse al recreo los que me han devuelto la energía y el sentido de por qué hago esto.
Gracias por rescatarme sin saberlo.
Un trabajo en equipo
Este barco no navega solo. Mi agradecimiento más profundo va para los padres y madres de mi tutoría por la confianza ciega, la paciencia infinita en casa y por ser el pilar invisible pero imprescindible de cada logro de sus hijos.
Y, por supuesto, me detengo en este línea en agradecer a mis compañeros de trabajo y a mi equipo directivo; a unos por prestarme siempre sus oídos, a los otros por la paciencia infinita para con este maestro escuela y por sostener la estructura, facilitarme el camino y capear los temporales con el timón firme para que sólo tuviera que preocuparme por lo que pasaba dentro del aula.
El descanso merecido y una última tarea: ¡Lean!
Ahora llega el momento del descanso necesario.
Toca apagar la alarma del teléfono, olvidarse de los horarios rígidos, llenarse los pies de arena, reír con los amigos y desconectar la cabeza.
Se lo han ganado a pulso. Que disfruten de la libertad del verano.
Pero como sigo siendo el profe, no puedo dejarles ir sin una última tarea obligatoria.
Solo una, lo prometo:
¡Por favor, lean!
No lo hagan por una nota, ni porque nadie se lo imponga. Lean por puro placer, por el gusto de viajar gratis, de vivir otras vidas, de abrir ventanas en la cabeza que nadie pueda volver a cerrarles.
Busquen un libro que les llame, llévenselo a la piscina, a la playa o a la cama antes de dormir.
Dejen las pantallas un rato y piérdanse en una buena historia. Los libros nos hacen más libres, más críticos y, sobre todo, mejores personas.
Ha sido un orgullo tremendo ser su profesor este año. Descansen, disfruten y cuídense mucho. Nos vemos a la vuelta del camino con las pilas cargadas.
¡Feliz verano a todos, un abrazo enorme y que vivan los libros!

