El calendario no miente: junio ya devora sus últimas hojas del calendario escolar, y el calor en el aula empieza a ser un alumno más.
Las paredes, antes repletas de mapas y tablas de multiplicar, lucen ya medio desnudas, anticipando el silencio que se avecina.
Sin embargo, en estos días de mochilas ligeras y mentes que ya viajan hacia la playa o la piscina, ocurre algo mágico que me empuja a escribir en este diario.
Es fácil caer en el tópico de que los niños ya desconectaron. Pero la realidad entre estos pupitres es muy distinta. Veo a diario cómo mis alumnos rascan las últimas fuerzas de donde casi no quedan. Los veo repasar con la mirada fija, morder el lápiz concentrados en el último examen, y ayudarse entre ellos para que nadie se quede atrás en el último suspiro del viaje.
Este último tramo del curso exige un esfuerzo invisible que los adultos a menudo pasamos por alto.
Es el cansancio acumulado de nueve meses de madrugones, deberes y normas, compitiendo contra el brillo del sol que entra por la ventana; y ahí siguen, demostrando una resiliencia asombrosa.
Como su tutor, ver este último empujón me llena de un orgullo difícil de explicar.
Pronto sonará el timbre definitivo y cerraremos la puerta. Pero en estos días, antes del adiós, me quedo con su entrega, su esfuerzo, su estar aquí.
Han crecido, han luchado y se han ganado a pulso cada día de las vacaciones que ya asoman.
Pronto la disfrutaran como se merecen.

