Si algo he aprendido en Infantil y Primaria es que los adultos hemos complicado demasiado el lenguaje.
En algunas de mis aulas, el diccionario se escribe de otra manera.
Hoy le pregunté a una alumna de 4 años qué era para ella la «paz», y ella me contestó:
«Profe, la paz es cuando todos estamos callados escuchando el latido del conejo de la clase».
Y al oírla, me quedé fascinado ante su capacidad para nombrar el mundo desde la pureza de sus ojos y entrever el mundo que late en su interior.
Para ellos, un «no puedo» suele ser un «ayúdame a intentarlo«; y un «mira» es la invitación más sagrada que te puede hacer un niño a descubrir su día a día.
Reivindico esa mirada curiosa que no entiende de prejuicios ni de prisas.
Ojalá los mayores aprendiéramos a usar menos palabras vacías y más definiciones que salen del alma.
Ojalá volviéramos a ver el mundo y a nombrarlo como lo hacen mis alumnos.

