Mi viejo colegio

Hace unos días, paseaba sin rumbo fijo por las calles que me vieron crecer, y mis pasos me llevaron, casi por instinto, ante la vieja fachada de mi colegio.

Al acercarme a él, los recuerdos comenzaron a brotar por mi cabeza, y el olor a tiza y a patio de recreo pareció inundar el aire de repente.

Al observar esas ventanas, no pude evitar reflexionar sobre la importancia de lo que allí viví.

En aquellas aulas, no solo aprendí la tabla de multiplicar o las capitales de provincia, sino que recibí el cimiento de quien a día de hoy soy.

El esfuerzo, la constancia, la cercanía y el error eran parte del aprendizaje y no una tragedia.

Lo que más me conmovió fue recordar los valores que nos transmitieron.

Allí aprendí la importancia de la palabra dada y, sobre todo, el respeto profundo que se tenía por los profesores.

No hace mucho tiempo, el maestro era una figura de autoridad querida y respetada; su palabra contaba con el respaldo total de nuestras familias, creando un puente sólido entre el hogar y la escuela que hoy, como docente, a veces me cuesta comprender.

Pero el mayor tesoro que guardo tras esos muros no está en los libros, sino en las personas. Es asombroso cómo, después de tres décadas, sigo conservando a tantos compañeros como mis mejores amigos.

Al vernos, seguimos siendo los mismos niños que compartíamos el bocadillo, convertidos ahora en adultos que se apoyan en las dificultades de la vida.

Ese colegio no fue solo un edificio; fue el taller donde se forjó mi carácter y mi vocación.

Al alejarme de él, lo hice con una sonrisa, agradecido por haber sido parte de una generación que entendió que la educación es, ante todo, un acto de amor y respeto.

Al alejarme de él, volví a dar las gracias al cielo por haber escogido ese colegio para mi formación.

Al alejarme de él, lo hice sonriendo y feliz.



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