Para un alumno o una alumna, el recreo no es solo un descanso, sino que a veces es el epicentro de una negociación sagrada al llevar el mazo de estampitas de fútbol sujeto con una gomilla, sintiendo ese peso en el bolsillo como si cargara un tesoro nacional.
La ilusión estalla cuando encuentra a un grupo reunido de amigos en una esquina.
Hay un brillo especial en los ojos al hojear el fajo del otro: el aroma a papel nuevo y la búsqueda frenética de esa «estampa difícil» que falta en su álbum.
El corazón se acelera ante la posibilidad del «late-nola» (la tengo, no la tengo).
Cuando por fin aparece la brillante o el ídolo esperado, el mundo se detiene. El intercambio es un pacto de honor sellado con las manos sucias de tierra, una pequeña victoria que transforma un simple trozo de cartón en el trofeo más valioso del universo.
Y es que intercambiar estampitas es uno de los recuerdos más valiosos que un alumno o alumna puede tener de su paso por el colegio.

