A menudo, los docentes nos olvidamos que la curiosidad de nuestros alumnos es la esencia misma del aprendizaje.
Y hace unos días, hablando sobre sobre el ciclo del agua fue sutilmente desmantelado por la lógica de un alumno de cuatro años.
Mientras yo me esforzaba en explicar la evaporación con tecnicismos adaptados, él permanecía absorto frente a un pequeño charco en el patio. Al preguntarle qué veía, no repitió mi lección; simplemente sentenció:
«El agua está descansando para poder saltar a la nube más tarde».
En ese instante, su metáfora vital superó a mi esquema científico, recordándome que la infancia no necesita definiciones estancas, sino espacio para la narrativa y el asombro.
Su observación no era un error, sino una forma poética de procesar la realidad.
Esta «humildad pedagógica» me obliga a redescubrir que mi función no es solo instruir, sino ser el guardián de su capacidad de asombrarse.
Al final del día, él no aprendió sobre el vapor; fui yo quien recordó cómo mirar el mundo por primera vez.

