Existe una falsa creencia en nuestra profesión: pensar que el rigor académico es enemigo de la ternura. Y algunas veces, entramos al aula con la armadura puesta, creyendo que la distancia nos otorga autoridad y que la sonrisa nos resta credibilidad ante los alumnos.
Sin embargo, la experiencia (y la neurociencia) nos demuestra lo contrario.
Un cerebro bloqueado por el miedo o la frialdad no aprende; solo obedece; y para que el aprendizaje florezca, el niño necesita sentir un suelo firme de seguridad emocional bajo sus pies.
El verdadero reto del docente es convertirse en un equilibrista.
Nuestro trabajo consiste en tener la firmeza necesaria para exigir que se repita una tarea mal hecha y, al mismo tiempo, tener la delicadeza para agacharnos a su altura, mirarles a los ojos y decirles: «Te pido esto porque sé que eres capaz de hacerlo mejor, y yo confío en ti».
No tenemos que elegir entre impartir contenidos o dar abrazos. La clave reside en la exigencia afectiva: marcar límites claros, pero dibujarlos con empatía.
Porque seamos sinceros: dentro de veinte años, nuestros alumnos habrán olvidado la definición exacta de un adjetivo, pero jamás olvidarán cómo les hicimos sentir aquel día que no les salía la cuenta.
Educar es tocar el corazón para que la mente se atreva a abrirse. ❤️

