Será que con los años me voy volviendo más quisquilloso con ciertas cosas de mi profesión, o quizás sea sólo una cuestión de apreciación mía, que para algunas cosas muy especialito, pero llevo muy mal la forma en que algunos compañeros de profesión hablan de sus alumnos.
Porque esa palabras, aunque se digan en un ambiente de confianza profesional, tiene eco. Y siento que, de alguna manera mágica y terrible, esa etiqueta viaja por los pasillos y se pega en la frente del alumno.
Adjetivos como «torpe», «vago» o «ese niño tiene algo», son expresiones que no definen a esos alumnos, sino que nos limitan a nosotros mismos como docentes, dejando de buscar su potencial porque nuestros ojos ya est{án nublados por el prejuicio.
Me duele ver cómo exigimos respeto a gritos, olvidando que el respeto es un espejo. ¿Cómo podemos pedirles que hablen con educación si nosotros nos dirigimos a ellos con desdén o ironía?
El mayor recuerdo que tengo de mis propios maestros fue cuando éstos me hablaron con dulzura cuando me equivoqué. Aquellos que, en lugar de decirme «eres un desastre», me dijeron «hoy no te ha salido, pero mañana lo harás mejor».
He ido descubriendo, con el tiempo, que nuestra voz se convierte en su voz interior. Que si les hablamos con fe, ellos creerán. Que si les hablamos con educación, ellos aprenderán la gentileza sin necesidad de estudiarla en un libro.
Decidí hace mucho que en mi clase las únicas etiquetas que entrarían serían las de los abrigos olvidados en el perchero. Porque entendí que mi trabajo no es solo enseñar matemáticas o lengua; mi trabajo es mirar a un niño y, aunque ese día viniera «terremoto», ser capaz de ver al gran adulto que, con las palabras adecuadas, puede llegar a ser.
Porque educar también es eso: cuidar las palabras para cuidar el corazón. ❤️
Ojalá, poco a poco, vaya ganando esta batalla…

