Hoy me he sentido como si chocara contra un muro. Entré a clase con energía, listo para corregir, para hacer que mis alumnos pensaran, crearan, sacaran lo mejor que llevan dentro pero, al preguntar «¿quién trae la tarea?», el silencio fue atronador. Apenas tres, cuatro manos levantadas.
No me lo esperaba y ha sido como un jarro de agua fría.
Como una zancadilla en el patio.
Como un portazo en mi cara.
Pero lo que realmente me duele no es el olvido, es la indiferencia. Ese pasotismo en sus miradas, esos hombros encogidos y el «se me olvidó» de unos y otros, dicho sin el menor atisbo de preocupación. Me frustra profundamente dedicar horas a crear materiales atractivos para luego encontrarme con esta falta de compromiso. Siento que estoy remando sólo en un barco donde ellos deberían ser los capitanes.
¿En qué momento se devaluó tanto el esfuerzo personal?
Hoy me voy a casa con una sensación amarga, sintiendo que, a veces, me importa más su aprendizaje a mí que a ellos mismos. Necesito encontrar la forma de despertar su responsabilidad, pero hoy… hoy simplemente estoy frustado.

