Etiquetas

En estos tiempos que andamos viviendo, etiquetar sentimientos, comportamientos y actitudes de personas ajenas o cercanas a nosotros es el pan nuestro de cada día.

Nadie está libre de ese pecado; y no tengo muy claro si con un par de avemarías se puede conmutar esa falta de humanidad.

Y en educación, no hay nada peor que la falta de humanidad, ya que los docentes no trabajamos con tuercas inertes, sino con corazones que confían ciegamente en nosotros.

Expresiones como…
“Hoy ha faltado el gordito de la clase”;
“ya está contestando la de siempre”, o
“el empanado hoy ha vuelto a traer los mismo calcetines”;…


Se mezclan con otras como…
“Es igual de marimandona que su madre”,
“el divorciado de mi clase, seguro que ha sido él quien ha empezado la pelea”,
o “no te pareces en nada a tu hermano”;…

Y así podría escribir un libro tras más de dos décadas enseñando por aulas de la provincia de Cádiz.

Etiquetar es peligroso y hace daño; sé de lo que hablo porque yo conviví con una esas etiquetas que aparentemente era inofensiva, y cuando la vuelvo a escuchar me retrotraigo a una parte de mi infancia fea y dolorosa.

Un profesor, un alumno o un padre es, simplemente, un profesor, un alumno o un padre.

Hagámosno un favor entre todos y dejemos las dichosas etiquetas sólo para los productos del supermercado.

La gente evoluciona, crece, aprende de sus errores

Qué triste sería que viviéramos siempre bajo el mismo atardecer

Por eso, tratemosnó con cariño y busquemos el lado positivo a cada mirada que nos vayamos encontrando en nuestro día a día.

Por mi parte, este es mi mayor propósito para este año.

¿Te atreves a dejar de etiquetar y crear un mundo mejor a nuestro alrededor?

Deja un comentario